CURA DE OBSESIONES

Tomado de la Revista Espírita 1866

 

Nos escriben desde Cazères, el 7 de enero de 1866:

 

“Este es el segundo caso de obsesión que comenzamos a tratar y que llevamos a buen término en el mes de julio pasado. La obsesa tenía veintidós años; gozaba de plena salud, pero de repente fue presa de un ataque de locura. Los padres la sometieron a tratamientos médicos, aunque inútilmente, porque el mal, en vez de desaparecer, se tornaba cada vez más intenso, a tal punto que durante las crisis resultaba imposible contenerla. Ante ese cuadro, los padres, aconsejados por los médicos, dispusieron su internación en un manicomio, donde el estado de la joven no presentó ninguna mejoría. Nunca, ni ellos ni la enferma, se habían relacionado con el espiritismo, al que ni siquiera conocían. No obstante, como escucharon hablar de la cura de Jeanne R…, de quien os hice mención, vinieron a vernos para preguntarnos si podríamos hacer algo por su desdichada hija. Les respondimos que no era posible afirmar nada sin antes conocer la verdadera causa del mal. Consultados en nuestra primera sesión, nuestros guías dijeron que la joven era subyugada por un Espíritu muy rebelde, pero que lograríamos conducirlo hacia al camino del bien, y que la cura subsiguiente nos demostraría la verdad de esa afirmación. Entonces, escribí a los padres, que viven a treinta y cinco kilómetros de nuestra ciudad, para decirles que la joven se curaría y que esa cura no se haría esperar demasiado, si bien no podíamos precisar la fecha.

 

“Evocamos al Espíritu obsesor durante ocho días seguidos, y logramos con bastante éxito que abandonara sus malas disposiciones y dejara de atormentar a su víctima. En efecto, la enferma se curó, tal como los guías nos lo habían anunciado.

 

“Los adversarios del espiritismo repiten incesantemente que la práctica de esta doctrina conduce al hospital. Ahora bien, nosotros les podemos decir, en esta circunstancia, que el espiritismo hace que salgan del hospital los que habían sido ingresados en él”.

 

Entre muchos otros, este hecho es una nueva demostración de la existencia de la locura obsesiva, cuya causa difiere completamente de la relacionada con la locura patológica, y ante la cual la ciencia fracasará mientras se obstine en negar la existencia del elemento espiritual y su influencia en el organismo. El caso que nos ocupa aquí es muy evidente: una joven que presenta los caracteres de la locura al extremo de confundir a los médicos, y que es curada a muchas leguas de distancia, por personas que nunca la vieron, sin ningún medicamento o tratamiento médico, y tan solo con la moralización del Espíritu obsesor. Por consiguiente, hay Espíritus obsesores cuya acción puede resultar perniciosa para la razón y la salud. ¿Acaso no es cierto que, si la locura hubiera sido ocasionada por alguna lesión orgánica, ese recurso habría sido impotente? Si se objetara que esa cura espontánea pudo deberse a una causa fortuita, responderíamos que, en caso de que pudiéramos citar solamente un hecho de ese tipo, sin duda sería temerario deducir de ahí la afirmación de un principio tan importante, pero los ejemplos de curas semejantes son muy numerosos. No constituyen el privilegio de un solo individuo, y se repiten a diario en diversos lugares, lo cual es una señal indudable de

que se basan en una ley de la naturaleza.

 

Hemos citado varias curas de ese tipo, especialmente en febrero de 1864 y en enero de 1865, que contienen dos relatos completos y eminentemente instructivos. Veamos a continuación otro hecho, no menos característico, obtenido en el grupo de Marmande.

 

En un pueblo, distante algunas leguas de esta ciudad, había un campesino que sufría una locura furiosa, a tal punto que perseguía a las personas con su rastrillo, para matarlas a golpes, y que, a falta de personas, atacaba a los animales del corral. Corría incesantemente por los campos y nunca volvía a su casa. Su presencia era peligrosa, de modo que sin dificultad se obtuvo la autorización para internarlo en el manicomio de Cadillac. La familia se vio obligada a tomar esa decisión, no sin un profundo pesar. Pero antes de internarlo, dado que uno de los parientes había escuchado hablar de las curas obtenidas en Marmande, en casos semejantes, fue en busca del señor Dombre y le dijo: “Señor, me han dicho que curáis a los locos. Por eso vine a buscaros”. Después le contó de qué se trataba, y agregó: “Como veis, nos causa tanta pena separarnos

del pobre J…, que antes quise ver si no había algún modo de evitarlo”.

 

“—Mi buen señor –le dijo el señor Dombre–, no sé quién me atribuyó esa reputación. Es verdad que algunas veces conseguí restituir la razón a pobres insensatos, pero eso depende de la causa de la locura. Aunque no os conozca, veré si os puedo ser útil.” De inmediato ambos se dirigieron a casa del médium habitual del señor Dombre, quien obtuvo de su guía la certeza de que se trataba de una obsesión grave, pero que con perseverancia la conduciría a buen término. Luego dijo al campesino: “Esperad algunos días más, antes de llevar a vuestro pariente a Cadillac, pues vamos a ocuparnos del caso. Volved cada dos días para decirme cómo se encuentra”.

 

Ese mismo día se pusieron a trabajar. Al principio, como en casos semejantes, el Espíritu se mostró poco tratable; pero lentamente acabó por humanizarse, hasta que renunció a atormentar al desdichado. Un hecho bastante particular es que declaró no tener ningún motivo de odio contra ese hombre, y que se había aferrado a él como a cualquier otro, atormentado por la necesidad de hacer el mal. Ahora reconocía su equivocación, por lo que pedía perdón a Dios. El campesino volvió al cabo de dos días, y contó que su pariente estaba más tranquilo, pero que aún no había regresado a su casa y se ocultaba entre los arbustos. En la visita siguiente, se supo que ya estaba en su hogar, pero se lo notaba sombrío y se mantenía alejado; ya no intentaba golpear a nadie. Algunos días después, iba a la feria y hacía sus negocios, como de costumbre. Así, ocho días habían bastado para que recuperara su estado normal, y sin ningún tratamiento físico. Es más que probable que, si lo hubieran encerrado con los locos, habría perdido la razón completamente.

 

Los casos de obsesión son tan frecuentes que no es exagerado decir que, en los manicomios, más de la mitad de los pacientes apenas tiene la apariencia de la locura, y por eso mismo la medicación común no les hace efecto.

 

El espiritismo nos muestra que la obsesión es una de las causas de perturbación del organismo y, al mismo tiempo, nos brinda los recursos para remediarla. Ese es uno de sus beneficios. Pero ¿de qué modo se reconoció esa causa, si no fue a través de las evocaciones? Así pues, las evocaciones son buenas para algo, más allá de lo que digan sus detractores.

 

Es evidente que los que no admiten la individualidad del alma ni su supervivencia, o los que la admiten, pero no conocen el estado en que se encuentra el Espíritu después de la muerte, deben considerar que la intervención de seres invisibles en tales circunstancias es una quimera. Sin embargo, tanto el hecho cruel de la enfermedad como las curaciones

están a la vista. No se podría responsabilizar a la imaginación por las curas operadas a distancia, en personas a las que nunca se vio, y sin el empleo de ningún agente material. La enfermedad no puede ser atribuida a la práctica del espiritismo, toda vez que afecta incluso a los que no creen en él, y a niños que no tienen ninguna idea al respecto. Con todo, aquí no hay nada maravilloso, sino efectos naturales, que han existido en todos los tiempos, si bien no se los comprendía, y que ahora se explican de la manera más simple, pues se conocen las leyes en virtud de las cuales se producen.

 

¿Acaso no vemos, entre los vivos, a seres malvados que atormentan a otros más débiles, hasta dejarlos enfermos e incluso llevarlos a la muerte, y todo eso sin otro motivo más que el deseo de hacer el mal? Hay dos maneras de que las víctimas recuperen la paz: alejarlas de la cruel autoridad de los malvados, o desarrollar en estos el sentimiento del bien.

 

El conocimiento que ahora tenemos del mundo invisible nos lo muestra poblado por los mismos seres que vivieron en la Tierra, algunos buenos y otros malos. Entre estos últimos, los hay que aún se complacen en el mal, debido a su inferioridad moral, y que aún no se han despojado de sus instintos perversos. Se encuentran entre nosotros, como cuando estaban vivos, con la única diferencia de que, en vez de tener un cuerpo material visible, tienen uno fluídico invisible; pero no dejan de ser los mismos hombres, con un sentido moral poco desarrollado, que siempre buscan oportunidades de hacer el mal, ensañándose con los que les dan lugar, hasta que logran someterlos a su influencia. Antes eran obsesores encarnados; ahora son obsesores desencarnados, pero más peligrosos, porque actúan sin ser vistos. Alejarlos por la fuerza no es fácil, dado que no es posible atrapar sus cuerpos. El único recurso para dominarlos es el ascendiente moral, con cuya ayuda, mediante razonamientos y sabios consejos, se logra tornarlos mejores, pues son más accesibles a eso en el estado de Espíritu que en el estado corporal. Desde el instante en que son inducidos a renunciar voluntariamente a provocar sufrimiento, la enfermedad desaparece, toda vez que su causa haya sido una obsesión. Ahora bien, se comprende que no son las duchas ni los remedios administrados al enfermo los que pueden actuar sobre el Espíritu obsesor. Ese es todo el secreto de esas curas, para las cuales no hay palabras sacramentales ni fórmulas cabalísticas: se conversa con el Espíritu desencarnado, se lo moraliza, se lo educa, como se lo habría hecho cuando vivía. La habilidad consiste en saber tratarlo de acuerdo con su carácter, en impartir con tacto las instrucciones que recibe, como lo haría un profesor experimentado. Toda la cuestión se reduce a lo siguiente: ¿hay o no hay Espíritus obsesores? La respuesta se encuentra en lo que dijimos antes: los hechos materiales están a la vista.

 

A veces nos preguntan por qué Dios permite que los Espíritus malos atormenten a los vivos. Con mayor razón aún podrían preguntarnos por qué Dios permite que los vivos se atormenten unos a otros. Ocurre que suelen perderse de vista la analogía, las relaciones y la conexión que existen entre el mundo corporal y el mundo espiritual, que están compuestos por los mismos seres en dos estados diferentes. Ahí se encuentra la clave de todos esos fenómenos considerados sobrenaturales.

 

 

Las obsesiones no deben sorprendernos más que las enfermedades y otros males que afligen a la humanidad. Forman parte de las pruebas y de las miserias propias de la inferioridad del medio en el que nuestras imperfecciones nos condenan a vivir, hasta que hayamos mejorado bastante para que seamos merecedores de salir de él. Los hombres sufren en este mundo las consecuencias de sus imperfecciones, porque si fueran más perfectos, no estarían aquí.

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